A veces llamamos berrinche a lo que en realidad es un cerebro infantil haciendo su trabajo:
desarrollarse. Antes de los 6 años, niñas y niños todavía no cuentan con la madurez
neurológica suficiente para regular por sí solos emociones intensas. Las estructuras
relacionadas con el control de impulsos, la toma de decisiones y la regulación emocional
continúan madurando, mientras que las respuestas emocionales son mucho más rápidas.

Por eso, cuando un niño grita, llora, se tira al piso o parece “perder el control”, no
necesariamente está manipulando, desafiando o queriendo incomodar. Está desbordado. Y
cuando el cerebro infantil se desborda, necesita primero la regulación de un adulto para poder
volver a la calma.

Aquí tenemos una tarea enorme como sociedad: no hacer más incómodo ese momento. No
necesitamos caras de desaprobación, burlas, comentarios como “qué niño tan malcriado”, ni
miradas que hagan sentir vergüenza a mamá, papá o al propio niño. Necesitamos adultos que
comprendan que detrás de esa conducta hay una necesidad de acompañamiento.

Mamá y papá no tienen que evitar todas las emociones de sus hijos; tienen que enseñarles, poco
a poco, a atravesarlas. Un adulto que respira, se acerca, pone límites con respeto y acompaña
sin humillar está ayudando literalmente a construir las conexiones que mañana permitirán que
ese niño pueda regularse por sí mismo.

Tal vez necesitamos cambiar la pregunta: no es “¿cómo hacemos para que deje de hacer
berrinche?”, sino “¿qué necesita este cerebro que todavía está aprendiendo?”

Y quizá, cuando dejemos de mirar un llanto infantil como una molestia y empecemos a verlo
como una oportunidad de conexión, también entendamos algo hermoso: ese cerebro no está
fallando; está creciendo.

Porque detrás de cada emoción que hoy necesita ser acompañada, hay una habilidad que
mañana podrá ser regulada.

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