Por Alexia Medina Contreras

Hay una escena que hemos repetido durante generaciones sin detenernos a pensar en lo que enseña:
llega la familia, un adulto abre los brazos y le dice a una niña o a un niño: “Dale un beso, es tu abuelita”,
“saluda de abrazo” o “no seas grosero”. El pequeño se esconde, baja la mirada o simplemente dice que
no quiere. Entonces insistimos. Parece un gesto inocente, una costumbre, una forma de educación. Pero
vale la pena preguntarnos: ¿qué estamos enseñando cuando obligamos a un niño a entregar su
cuerpo para demostrar cariño?

Un niño puede amar profundamente a su abuela y no querer besarla. Puede querer a su tío y no querer
abrazarlo. Puede estar cansado, incómodo, tímido o simplemente necesitar espacio. Y eso no lo
convierte en un niño maleducado. La American Academy of Pediatrics recomienda no forzar ni hacer
sentir culpables a niñas y niños para que den besos o abrazos, incluso a familiares, y propone enseñar
otras maneras de expresar afecto, como saludar con la mano, chocar los cinco o simplemente decir
“hola” (American Academy of Pediatrics, 2023).
Esto tiene un nombre: autonomía corporal. Desde pequeños, niñas y niños necesitan aprender que su
cuerpo merece respeto y que pueden expresar cuando algo les incomoda. UNICEF México señala que
debemos enseñarles que tienen derecho a tomar decisiones respecto de su cuerpo y que pueden decir
“no” cuando no quieren que alguien los toque o cuando no desean tocar a otra persona, incluso al saludar
de beso (UNICEF México, s. f.).
Y aquí aparece algo todavía más profundo. Cuando un adulto escucha el “no” de un niño, no está
perdiendo autoridad; está construyendo confianza. John Bowlby, desde la teoría del apego, explicó la
importancia de que las figuras cuidadoras sean sensibles y respondan de manera adecuada a las señales
de los niños, convirtiéndose en una base segura desde la cual puedan explorar y regresar cuando
necesiten protección (Bowlby, 1988).
Por eso, respetar un límite aparentemente pequeño puede enseñar algo enorme: “Cuando algo me
incomoda, puedo decirlo y alguien me escucha”. Esa experiencia puede convertirse en una
herramienta de protección. No podemos afirmar que respetar un “no” evitará por sí mismo una situación
de abuso, pero sí podemos construir desde casa una cultura donde niñas y niños sepan que su cuerpo
tiene límites, que pueden pedir ayuda y que los adultos de confianza deben escucharlos y protegerlos
(UNICEF México, s. f.).
También podemos enseñarles que los límites son para todas y todos. Si quiero abrazar a alguien,
pregunto. Si esa persona dice que no, lo respeto. Así dejamos de enseñar que el cariño se debe y
comenzamos a enseñar que el cariño se ofrece, se recibe y se comparte libremente.
Quizá ha llegado el momento de cambiar una frase: en lugar de decir “dale un beso porque es tu
abuelita”, podemos decir: “¿Cómo quieres saludarla?” Tal vez será con un abrazo. Tal vez con un
beso. Tal vez con una sonrisa, una mano levantada o un sencillo “hola”. Todas son formas válidas de
encontrarnos con los demás.

Porque criar con amor no significa enseñar a nuestros hijos a complacer a todo el mundo. Significa
enseñarles a respetar y a respetarse. Y quizá la pregunta que deberíamos hacernos como adultos no es
por qué un niño no quiso dar un beso, sino qué estamos haciendo para que algún día pueda decir
“no” cuando realmente lo necesite y tenga la certeza de que alguien va a escucharle.
Un niño que aprende que su “no” importa no está aprendiendo a rechazar el amor. Está
aprendiendo que el amor nunca debería exigirle renunciar a sí mismo.

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