
No podemos evitarles a nuestras niñas y niños el dolor de perder a alguien, pero sí podemos
enseñarles que no tienen que atravesarlo a solas.
Hay conversaciones que posponemos porque no sabemos cómo tenerlas. La muerte es una de ellas.
Nos cuesta nombrarla frente a nuestras niñas y niños, buscamos palabras que suavicen su significado
y, con la mejor intención, a veces preferimos guardar silencio. Queremos protegerles del dolor, pero
¿y si en ese intento también les estamos dejando solos frente a algo que, tarde o temprano, todos
tendremos que enfrentar?
¿Qué pasaría si desde pequeños aprendiéramos a hablar de la muerte con naturalidad, sensibilidad y
amor?
La infancia no necesita adultos que tengan todas las respuestas; necesita adultos que se atrevan a
acompañar las preguntas. Porque una niña o un niño no aprende únicamente de lo que le decimos,
sino también de cómo reaccionamos, de lo que callamos y de la manera en que nos ve enfrentar la
tristeza.
Cuando muere una mascota, cuando fallece un abuelo o cuando alguien cercano desaparece de
nuestras vidas, las infancias observan. Perciben las lágrimas, los silencios, los cambios en casa y las
emociones que los adultos intentamos esconder. Incluso cuando creemos que no entienden, están
construyendo su propia explicación de lo que sucede.
La investigación de Longbottom y Slaughter (2018) explica que las niñas y los niños construyen su
comprensión de la muerte a partir de sus experiencias, de las conversaciones con sus familias y de lo
que observan en su entorno. Por su parte, Harris (2018) analiza cómo desarrollan ideas sobre la
muerte desde la infancia y cómo estas conviven con las creencias familiares, culturales y espirituales.
Esto nos invita a reconocer algo fundamental: no solo enseñamos a las infancias a vivir; también les
enseñamos, con nuestro ejemplo, a enfrentar las pérdidas.
Y aquí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿cómo esperamos que una persona adulta
gestione el duelo si durante su infancia aprendió que llorar era una debilidad, que hablar de la muerte
atraía cosas malas o que debía ocultar su tristeza para no preocupar a los demás?
No se trata de eliminar el dolor. El duelo no es una enfermedad que debamos apresurarnos a corregir
ni una emoción que tenga fecha de vencimiento. Se trata de aprender que sentir tristeza es humano,
pedir compañía es válido y recordar a quien amamos puede convertirse en una manera de mantener
viva su presencia en nuestra historia.
La transformación comienza con acciones sencillas. Podemos dejar de decirles que no lloren y
empezar a preguntarles qué sienten. Podemos explicarles la muerte con palabras claras, adecuadas a
su edad, sin recurrir a expresiones que puedan confundirles, como decir que alguien se quedó
dormido. Podemos permitirles hacer preguntas, repetirlas las veces que necesiten y expresar su
tristeza sin miedo a incomodarnos. El doctor David J. Schonfeld y sus colaboradores, en las recomendaciones de la Academia
Estadounidense de Pediatría, subrayan la importancia de hablar con honestidad, escuchar sin juzgar y
acompañar el duelo a lo largo del tiempo. No necesitamos tener las palabras perfectas; necesitamos
estar presentes. También debemos aprender a reconocer nuestros propios límites. Acompañar a una
infancia en duelo no significa esconder nuestras lágrimas ni fingir fortaleza. Significa mostrar que
podemos sentir tristeza y, aun así, buscar apoyo, cuidar de nosotros mismos y sostenernos en
comunidad.
Imaginemos una generación que crezca sabiendo que puede hablar de la muerte en casa, preguntar en
la escuela y llorar en los brazos de alguien de confianza. Una generación que no confunda fortaleza
con silencio, que no sienta vergüenza por extrañar y que comprenda que acompañar a quien sufre es
una forma profunda de amar.
Educar sobre la muerte no significa llenar de miedo la infancia. Significa darle palabras, seguridad y
compañía para cuando la vida duela.
Quizá no podamos preparar a nuestras niñas y niños para cada despedida, pero sí podemos enseñarles
que ninguna emoción los hace menos valiosos y que pedir ayuda nunca debe ser motivo de vergüenza.
Porque una sociedad que aprende a acompañar el duelo también aprende a cuidar la vida.
El cambio empieza hoy: en una conversación pendiente, en una pregunta que nos atrevemos a
responder y en un abrazo que no intenta borrar la tristeza, sino decirle a quien la siente: no tienes que
atravesar esto a solas.
Tal vez no podamos enseñarles a despedirse sin dolor. Pero podemos enseñarles que, incluso en los
momentos más difíciles, el amor, la escucha y la comunidad pueden convertirse en un lugar seguro al
cual volver.




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