
LA ESCENA MÁS TRISTE DE TOY STORY NO ES CUANDO ANDY SE DESPIDE DE SUS JUGUETES…
Es cuando entendemos que también nos estamos despidiendo de una época que ya no volverá.
Porque más allá de la historia de Woody, Buzz y sus amigos, la película nos recuerda lo afortunados que fuimos quienes crecimos en un tiempo donde la imaginación era el mejor entretenimiento.
Una época en la que las tardes parecían eternas, las calles eran nuestro patio de juegos y las aventuras comenzaban con un simple “¿sales a jugar?”. Los juguetes no eran accesorios ni coleccionables: eran héroes, compañeros y cómplices de historias que inventábamos todos los días.
Antes de las notificaciones, los algoritmos y las pantallas infinitas, bastaba una bicicleta, un balón o un grupo de amigos para vivir momentos que hoy se han convertido en recuerdos imborrables.
Por eso Toy Story duele tanto. No porque Andy crezca… sino porque nos hace recordar que nosotros también crecimos, y que una parte de aquella infancia quedó guardada para siempre en una caja llena de recuerdos.
Te leemos, Soy Rulo Hernández






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